Emociones y la educación emocional

Guy Winch, doctor en psicología observa que todos vamos al médico cuando presentamos un síntoma, en cambio no acudimos a nadie cuando sentimos: culpa, soledad o pérdida. Y se pregunta: «¿Se imaginan cómo sería el mundo si todos fuéramos psicológicamente saludables?

Elsa Punset señala: «enseñamos a los niños a leer, escribir o vestirse, pero ¿qué hay de sus emociones?«

En este sentido, la familia es el lugar donde se establecen los primeros vínculos, relaciones y emociones. Por lo tanto, es fundamental que los padres aprendan a identificar cómo se sienten. Además de instruir en habilidades, la educación podría educar en capacidades emocionales. Las emociones siempre se educan.

El objetivo real de la educación emocional a largo plazo es formar adultos libres, capaces y autónomos.

Para ello resulta esencial entender que privar de sus experiencias a nuestros hijos, supone privarlos de su propia evolución. Es importante tener claro que los hijos vienen a través de nosotros aunque no son nuestros.

Gracias a vivir experiencias adversas y a cometer errores se consigue adquirir experiencia y permitir la evolución de la conciencia.

Igualmente, es importante ser conscientes de que no tenemos ningún derecho a arrebatar a nuestros hijos sus propias oportunidades de crecer.

La mejor herencia que podemos dejar a nuestros hijos es nuestra coherencia emocional, un gran amor propio y el respeto hacia sí mismos y a los demás.

Pablo Fernández-Berrocal corrobora con sus investigaciones que para educar la razón es necesario educar las emociones siendo esencial enseñarlas a la par.

La educación de las emociones no es un lujo, es una necesidad a afrontar desde las etapas iniciales del aprendizaje en las familias y en las primeras etapas escolares, con el único objetivo de aprender a convivir, ser felices, capaces de lidiar con las adversidades de la vida y todo ello de forma equilibrada.