Los mapas mentales consisten en la percepción que cada individuo tiene del mundo y de todo lo que le rodea y se conforma a través de los filtros personales con los que cada individuo asimila el mundo y la realidad.
El mapa mental se conforma a partir de la educación, la cultura y las creencias que uno recibe. El mapa mental es la suma de todas las experiencias que se viven y que lo desarrollan como persona, así como de las percepciones y sentimientos de sus propias vivencias a través de sus filtros. Ante un mismo acontecimiento, cada individuo tiene su percepción, diferente a las de los demás.
Dentro de los mapas mentales encontramos el pensamiento irradiante: por ejemplo olemos después de mucho tiempo el perfume de nuestra abuela, o recordamos la melodía de una canción de nuestra infancia. Son recuerdos del pasado que irradian sensaciones, emociones y sentimientos íntimamente vinculados con nuestra historia personal.
En el grupo, el mapa mental se construye a partir de las diferentes experiencias que vive el equipo, por lo que la manera de afrontar los cambios y los nuevos retos que se presenten dependerá de las asociaciones entre el suceso y las emociones percibidas que se hayan dado a través de las experiencias.
Existen cinco funciones que contribuyen a la creación de los mapas mentales:
Recepción. Es la forma en que el cerebro recibe información de los cinco sentidos.
Retención. Es la manera en que se almacena en nuestra memoria la información que reciben y captan los sentidos.
Análisis. Permite procesar la información percibida por los sentidos.
Emisión. La información procesada se emplea para comunicar, por lo que esta función comprende la expresión, mediante palabras, gestos u otros recursos, lo que hemos recibido, retenido y analizado
Control. El cerebro actúa como director de todas las funciones físicas y mentales de nuestro organismo, por lo que la función de control se encargará de manejar correctamente las emociones y generar bienestar.
Los mapas mentales se relacionan con las emociones que sentimos cuando experimentamos un suceso o una situación concreta, aunque pueden servirnos de gran utilidad en asuntos que no tienen que ver con las emociones.
Junto a los mapas mentales encontramos las creencias, que hacen que nuestro comportamiento y reacciones frente a determinadas situaciones sean unos u otros.
Las creencias son personales, es decir, cada individuo tiene las suyas, por lo que no se basan en un sistema de ideas lógicas y no se corresponden con la realidad. El hecho de que sean propias de cada individuo las convierte en juicios y evaluaciones que toda persona hace respecto a sí mismo y a su entorno.
Las creencias se instalan en el individuo de dos maneras, a través del aprendizaje o a partir de experiencias y hechos vividos. Igual que sucede con la educación emocional, es un proceso que dura toda la vida. Las creencias que nos inculcan desde pequeños se verán afectadas por nuestras propias vivencias, fortaleciéndolas o debilitándolas.
En el entorno laboral y en el trabajo en grupo, las creencias también influirán. Dependiendo del tipo de creencias, podrán motivar o desmotivar. En cualquier caso, las creencias remiten tanto a uno mismo como al entorno. Lo que creamos de nosotros mismos y de nuestro grupo de trabajo determinará nuestra eficacia y la del grupo. Este tipo de creencias son las motivadoras.
Por su parte, las creencias limitantes son aquellas que deben modificarse porque lastran la eficacia. Existen tres tipos diferentes:
Desesperanza. Supone la creencia de que el objetivo que se desea no es alcanzable, independientemente de cuáles sean nuestras capacidades. Esta creencia se reafirma en expresiones como “haga lo que haga nada cambiará” o “lo que deseo es inalcanzable”.
Impotencia. Responde a la creencia de que el objetivo deseado es alcanzable, pero no somos capaces de lograrlo. “Esto está al alcance de cualquiera menos de la mía” o “no soy lo bastante bueno para conseguirlo”.
Ausencia de mérito. Es la creencia de que, aunque creemos que el objetivo deseado es alcanzable y somos capaces de lograrlo, no merecemos conseguirlo y renunciamos a él. Quienes tienen estas creencias a menudo toman posiciones victimistas y usan expresiones como “no me lo merezco”, “soy un fraude”. Estas creencias denotan una baja autoestima e influyen negativamente en el bienestar de las personas.
En cuanto a la inteligencia emocional, frente a un mismo suceso o acontecimiento existen dos maneras de procesamiento de las creencias, uno negativo y otro positivo. En función de cómo procesen esta creencia, los resultados serán diferentes. Si optan por procesar positivamente la creencia, reaccionarán con aceptación, serenidad, consciencia, emociones positivas, energía interior, capacidad para pedir ayuda, planificación y serán capaces de pasar a la acción. En cambio, si responden negativamente, reaccionarán con rechazo, enojo e ira, culpa, desesperación, aislamiento y no podrán avanzar porque sentirán miedo.
Robert Dilts (2003) propone algunas acciones que pueden ayudar a convertir las creencias limitadoras en potenciadoras:
Querer creer. Supone la voluntad de querer creer que la nueva creencia es beneficiosa y responde a las expectativas, lo que provocará una sensación de bienestar.
Abiertos a creer. Es la predisposición del individuo a creer que la nueva creencia es mejor. No está convencido de los beneficios que le pueda reportar, pero está decidido a intentarlo.
Creyendo ya. El individuo se ha comprometido con la nueva creencia. Sabe que es mejor que la creencia anterior y le reporta un mayor bienestar.
Abiertos a dudar. Estar abiertos a dudar es el complemento de estar abiertos a creer. Considerando que la creencia que se quiere remplazar no es útil en la situación actual, el individuo se pregunta de qué ha servido esa creencia y si existen otros medios para lograr los mismos propósitos que sean menos limitadores y más enriquecedores.
Recordar lo que solíamos creer. Cuando un individuo deja de lado una creencia limitadora para dar paso a una creencia potenciadora, no olvida la creencia anterior de manera automática, sino que se produce un cambio en el efecto emocional que ejercía. De este modo, ya no ejerce ningún tipo de influencia en los pensamientos y conductas y no forma parte de la realidad.
Confianza. Es un sentimiento de esperanza y expectativas de mayor bienestar creadas por la nueva creencia.