Adolescencia y adultez temprana

La adolescencia representa para el individuo la culminación de la formación del ego. La pubertad intensifica de forma temporal la influencia del inconsciente colectivo, en este caso alejado de los arquetipos padre y madre.

Esta es una fase en la que lo principal será centrar nuestros esfuerzos en convertirnos en personas autónomas dentro de un sistema.

En esta fase queda muy atrás la conexión con la totalidad de la psique y el ego es el centro psíquico del individuo.

La figura arquetípica del padre queda en un segundo lugar y da paso a las figuras arquetípicas del ánima o del ánimus.

Las nociones del ánimus y ánima hacen referencia al elemento masculino que se encuentra en la mujer (ánimus), y al elemento femenino que se encuentra en el hombre (ánima).

Esta fase pone en primer plano una de las tareas más relevantes en la primera mitad de nuestra vida: la elección de pareja.

Es interesante tomar conciencia de cómo finalmente el ego asume su papel como órgano central de la conciencia y se erige como portador definitivo de la personalidad total. En ese momento, olvida que su existencia está íntegramente ligada a la totalidad.

Durante las fases de adolescencia y adultez temprana aparece la conciencia patriarcal,donde los individuos se separan y desarrollan un sentido de identidad individual a partir de la cual surge una estructura nueva con sus propias creencias.

Los individuos en esta fase se caracterizan por la acción, la voluntad, el análisis, la lucha y la competición.

En estas fases dejamos atrás a nuestros padres y nos focalizamos en diferenciarnos de los demás.

En la fase de adultez temprana, el individuo se centra en crear una familia y acceder a una posición social estable. En términos arquetípicos se refuerza el ego constituido hasta ahora, puesto que el mismo le ha permitido una adaptación a su entorno social.

Llegados a este punto, la sensación generalizada es que el ego supone para nosotros una base estructural más o menos sólida que nos ha permitido atravesar multitud de experiencias y situaciones vitales.

Todo ello hace que nos aferremos a nuestro ego y nuestra definición como individuo diferenciado.

No obstante, cuando se llega a los cuarenta años de edad, el desarrollo humano toma otra dirección. La persona ha estado simplemente viviendo sus experiencias y, ahora, empieza a reflexionar sobre ellas, así como del sentido de su propia existencia.

Este hecho suele despertar en nuestro interior una sensación de vacío existencial y de falta de propósito en la vida. Esta sensación supone la entrada a la siguiente fase: la crisis de la edad media.

En esta etapa, podemos observar como durante la primera mitad de la vida se establece una relación inconsciente entre el ego y el inconsciente colectivo, que va poco a poco conformando una personalidad totalmente influenciada por el entorno social y familiar.

Nuestro desarrollo psíquico depende en gran medida de aquello que tanto la figura materna como la figura arquetípica paterna además del inconsciente social y familiar vayan pautando.

Podemos decir que en la primera fase de nuestras vidas se produce un proceso de individuación inconsciente, es decir, una construcción de nuestra personalidad que poco a poco nos va desconectando de la totalidad, del «sí mismo» o self.

Sin embargo, en la segunda mitad de nuestras vidas se realiza el proceso contrario.

Es como deshacer el camino andado para volver al lugar de origen, a la totalidad de nuestra personalidad.

A este proceso lo conocemos como individuación consciente.

Llegado a este punto del trayecto, la gran mayoría de los seres humanos se contentan con permanecer apegados a la seguridad que las convenciones y creencias compartidas por una colectividad o un grupo de referencia representan.

Jung agrega que la individuación consciente se activará solo en aquellos individuos que presentan, por algún motivo, un impulso hacia la diferenciación de un grado de consciencia más elevado, pero no deja de señalar que

“no está reservada para individuos especialmente dotados. En otras palabras, para atravesar un desarrollo psicológico de amplio alcance no se requiere ni una inteligencia sobresaliente ni algún otro talento puesto que, en este desarrollo, cualidades morales pueden compensar deficiencias intelectuales”.