La Sombra emocional y mental

El doctor Jung describe cómo intuyó la presencia de “otro” en su psique por primera vez:

‘‘Tuve un sueño que me asustó y me dió fuerza a la vez.

Era de noche y me encontraba en un lugar desconocido; avanzaba lentamente, abriéndome paso con gran esfuerzo a través del viento que soplaba en dirección contraria. Una espesa niebla cubría toda la zona.

Yo formaba un cuenco con las manos alrededor de una débil luz que amenazaba con apa-garse en cualquier momento. Todo dependía de que pudiera mantener esa pequeña luz encendida.

De repente, tuve la sensación de que había algo detrás de mí. Miré hacia atrás y vi una gigantesca silueta negra que me seguía.

A pesar del terror que me embargaba, era consciente de que tenía que mantener mi débil luz encendida mientras avanzaba en la noche y el viento, a pesar de todos los peligros.

Cuando me desperté me di cuenta de que la silueta era mi propia sombra en la espesa niebla, que había cobrado vida gracias a la débil luz que estaba llevando.

También supe que aquella débil luz era mi conciencia, la única luz que tengo. Aunque es infinitamente pequeña y frágil en comparación con el poder de la oscuridad, sigue siendo una luz, mi única luz.”

La «sombra» es un sistema psíquico autónomo que delimita lo que es el Yo y lo que no lo es.

A nivel individual, se trata de los aspectos negativos de la personalidad, la suma de todas aquellas cualidades desagradables que desearíamos ocultar y las funciones insuficientemente desarrolladas.

A nivel colectivo, abarca desde el conjunto de valores morales y sociales hasta la sombra familiar, incluyendo la propia sombra de nuestros padres.

La sombra no constituye la totalidad de nuestra personalidad inconsciente, sino que tan solo representa aquellos atributos o cualidades desconocidas o poco conocidos del ego, aspectos que pertenecen, en su mayoría, a la esfera personal y que también podrían ser conscientes.

También puede contiene factores colectivos procedentes del exterior de la vida personal del individuo.; por ejemplo, el rechazo a una raza distinta dentro de un colectivo determinado o el rechazo a que alguien desempeñe un rol no aceptado socialmente.

Desde que somos pequeños, aprendemos a diferenciar aquello que “debemos hacer” de aquello que “no debemos hacer” y vamos conformando nuestra personalidad en torno a estas premisas.

La forma en que se realizan estos aprendizajes no siempre es explícita, sino que, en ocasiones, se produce de forma muy sutil; por ejemplo, cuando sentimos que, al sacar cierto tema de conversación, nuestro padre calla y mira en otra dirección, con lo cual podemos inferir que ese tema no es adecuado hablarlo.

Este aprendizaje nos lleva a integrar un comportamiento concreto, por ejemplo, que es mejor no hablar de temas propios cuando estamos ante otro hombre, o quizás ante la familia y, de este modo, pasamos a la sombra al personaje comunicativo que es capaz de abrirse ante otros hombres o ante un grupo de gente.

Poco a poco, vamos “encontrando” una personalidad que nos hace especiales y nos diferencia de los demás, algo fundamental para la correcta conformación del ego dentro de un contexto familiar y social.

El problema viene cuando entramos en un desequilibrio en la relación persona-sombra, y esto puede manifestarse por exceso o por defecto.

Si la sombra toma el control de nuestras vidas sin un ego estructurado, seremos incapaces de gestionar nuestros impulsos dentro de un contexto social y familiar, y única-mente funcionaremos de modo inconsciente perdiendo el control de nuestras vidas y sintiéndonos apartados del mundo.

Por el contrario, puede ocurrir que la persona se trague a la sombra, en el sentido de que existan tantas restricciones y tantas pautas que desconectemos de nuestros impulsos y nos sintamos vacíos y sin energía.

Por lo tanto, tener un ego estructurado significa que seremos capaces de transitar por ambas polaridades sin estar atrapado en ninguna de las dos.

Esto puede ocurrir también en una misma persona -como el Doctor Jekill y Mr Hide-, es decir, que durante el día tenga un comportamiento ejemplar y por la noche lo compense siendo violento con los miembros de su familia.

El universo siempre tiende al equilibrio, por lo que la mejor solución siempre será equilibrar los comporta-mientos y darles espacio a nuestros impulsos para poder gestionarlos de forma controlada y comprender qué nos quieren decir.

Conectar con la sombra supone conectar con situaciones de un alto contenido emocional, supone volver a situaciones que el niño experimentó como dolorosas, momentos en los cuales tomamos decisiones acerca del mundo que, en ese momento, nos sirvieron para adaptarnos a nuestro ambiente pero que, desde la perspectiva del adulto, han quedado obsoletas.

Cuando aparece la sombra se produce un efecto similar a sentir que un traje se te ha quedado pequeño, pero tienes miedo a quitártelo por no sentirte desnudo.

Otra posible resistencia a quitarte ese «traje» puede ser el temor a qué puede ocurrir en el equilibrio de tu entorno social y familiar en el momento en el que decides ampliar tu conciencia y desarrollar partes de ti que estaban inactivas.

Es habitual que muchos de nuestros rasgos infantiles como la alegría, la confianza y la inocencia hayan desaparecido repentinamente sin saber en qué punto ocurrió ni cómo nos puede estar afectando esto en nuestra edad adulta.

La sombra siempre permanece conectada con las profundidades del alma, con la vida y la vitalidad, donde puede establecerse el contacto con lo creativo, lo trascendente y lo universalmente humano.