Codicia inconsciente -relato-

Aquella mañana parecía una más en la Academia de Física y Pensamiento Cúantico Aplicado. Pero algo se movía entre las sombras del pensamiento colectivo. En la clase matinal, los alumnos —silenciosos como testigos en una sala de interrogatorio— comenzaron a descifrar un crimen invisible: la codicia.

No la evidente y descarada, sino aquella encubierta, que se desliza entre los pliegues del ego con el sigilo de un ladrón experimentado. Como casi siempre, se presentó disfrazada de negación: “¿Codicia? ¿Yo?” —una defensa que sólo revelaba la escena del delito.

El profesor, curtido en investigaciones del alma, les puso frente al espejo. Dijo que esa codicia oculta tenía una intención positiva, como todos los actos que se esconden tras la cortina del subconsciente. Servía como un indicio del nivel de confianza y comunicación con ese hermano cuántico que cada uno llevaba dentro. Pero la distorsión del ego era un sospechoso habitual, y en este caso, manipulaba la evidencia: la confianza en uno mismo.

Desde su limitado 3% de conciencia, los alumnos empezaron a entender. Reconocieron esa codicia como se reconoce la voz del culpable en una llamada anónima: sin rechazo, con asombro. Era suya. No era para tanto. Y en ese instante, el tiempo se detuvo como una foto revelada en la penumbra: el momento real se transformó. El ego, acorralado, perdió su máscara.

El cuerpo reaccionó distinto. Todo parecía igual, pero algo no encajaba, como cuando un testigo dice “no lo recuerdo bien”. Y entonces ocurrió: una explosión cerebral que aquietó la mente. La escena cambió. Viejos casos, películas vistas en penumbras, momentos ligados a la codicia… todos se disipaban como la niebla tras el primer rayo de la mañana.

Ese día no se resolvió el caso, pero se hizo un hallazgo clave. La codicia no era más que una herramienta del ego, un instrumento de control. Y el ego… una adicción. Tal vez la más poderosa. Algo que denuncia el inconsciente colectivo, solo basta con echar un vistazo al mundo, a como lo tratamos, a como somos con todos nosotros y nosotros mismos. El holograma que conocemos como mundo refleja claramente como pretendemos controlar todo y a todos continuamente. Algo por otra parte imposible, sobre todo desde nuestro 3% de conciencia.

Había un murmullo generalizado, como si todos los presentes supieran que se encontraban ante un descubrimiento que cambiaría el curso de la investigación.

Gracias. El expediente quedó abierto a su práctica.