El expediente del ritmo -relato-

La clase que resonó más allá del sonido

Aquella jornada en la Academia de Física y Pensamiento Cuántico Aplicado comenzó como tantas otras: con pupitres alineados, mentes aún adormecidas y un silencio que parecía respetar el misterio del conocimiento. Pero algo vibraba distinto. No era visible, ni siquiera audible en el sentido convencional. Era una frecuencia. Un pulso. Una pregunta que el profesor dejó caer como una gota en un estanque mental: ¿Acaso la música electrónica puede alterar la conciencia?

El sonido como sospechoso

Los alumnos, atentos como peritos en una escena invisible, comenzaron a rastrear el crimen. No se trataba de melodías ni letras, sino de patrones acústicos repetitivos, de frecuencias que se infiltraban en la mente como un hacker en la red neuronal. El profesor citó un estudio reciente de la Universidad de Barcelona, liderado por Raquel Aparicio-Terrés y publicado en bioRxiv, donde se demostró que escuchar música electrónica a un tempo de 1,65 Hz provocaba una intensa sincronización neuronal, un fenómeno conocido como arrastre.

El arrastre neuronal: cuando el cerebro baila

El arrastre no era una metáfora. Era literal. Las ondas cerebrales se alineaban con el ritmo externo, como si el cerebro decidiera bailar al compás de un DJ invisible. Este efecto se detectó en las regiones frontocentrales del cerebro, responsables del procesamiento sensoriomotor y auditivo.

Unidad, reacción y conciencia

El tempo de 1,65 Hz no solo sincronizó la actividad cerebral, sino que también generó una sensación de unidad superior. Aparentemente, no hubo cambios significativos en la espiritualidad ni desencarnación, pero sí una correlación entre la sincronización neuronal y el tiempo de reacción. El ego, ese viejo sospechoso, parecía desorientado. ¿Quién dirigía ahora la experiencia? ¿El yo… o el ritmo?

De rituales chamánicos a festivales electrónicos

El profesor trazó una línea entre culturas y épocas. Desde tambores tribales hasta escenarios de Tomorrowland, el uso de ritmos repetitivos para inducir estados alterados de conciencia era una constante antropológica. La música electrónica, en su versión más pura, parecía heredar ese poder ancestral. No era solo entretenimiento: era tecnología espiritual.

La clase concluyó con una hipótesis audaz: si el ritmo puede modular la conciencia, ¿podría también ayudar a conocernos a nosotros mismos?. Por eso se propuso una práctica acudiendo a una Rave de música electrónica aunque con la intención clara de ir a escuchar los sonidos y comprobar dónde nos llevan, qué nos producen, cómo nos afectan individualmente y no, como denuncia el inconsciente colectivo ir a VER a un dj y a seguir con nuestra representación social; algo que comprobamos cuando vemos que en el «dance floor» ya nadie baila, solo sujetamos un móvil para grabar o hacernos selfies.

Ese día, los alumnos no solo aprendieron sobre música.Aprendieron que el sonido no cura nada, ayuda a conocerse a uno mismo. Aprendieron que el sonido puede ser una herramienta, una puerta hacia el inconsciente. Que el cerebro no solo piensa: es un receptor vibracional que conecta las tres esferas de nuestro ser. Y que, quizás, la conciencia no sea un monólogo interno, sino una sinfonía compartida.

Gracias. El expediente quedó abierto a su práctica.