Dios, la sombra y la Bioneuroemoción®

Ludwig Feuerbach, en su célebre afirmación “Dios no es más que la esencia del hombre objetivada”, nos invita a comprender que la divinidad no reside fuera de nosotros, sino que es una proyección de nuestra propia naturaleza. Para el filósofo alemán, los atributos que el ser humano asigna a Dios —bondad, justicia, sabiduría— son, en realidad, cualidades humanas idealizadas y proyectadas hacia un ente externo. Así, al adorar a Dios, el hombre no hace sino rendir culto a su propia esencia desconocida, magnificada y puesta fuera de sí, creando a “Dios” como un reflejo idealizado de lo que quisiera llegar a ser.

Esta idea encuentra un eco profundo en la psicología analítica de Carl G. Jung. En su concepto de la sombra, Jung describe aquellas partes reprimidas o no reconocidas de la psique que el individuo proyecta sobre los demás. Lo que rechazamos de nosotros mismos —nuestras pasiones, debilidades o miedos— se convierte en algo “ajeno”, depositado fuera de la conciencia.

Desde la perspectiva de la Bioneuroemoción® esta dinámica de proyección tiene consecuencias directas en la salud emocional. Según este enfoque, todo conflicto externo refleja una incoherencia interna no resuelta: lo que negamos o proyectamos se manifiesta en nuestras relaciones y, a veces, incluso en nuestro cuerpo. De este modo, reconocer que “Dios” o “el otro” representan aspectos propios no aceptados implica un movimiento hacia la autoconciencia y la responsabilidad emocional.

Si unimos estas tres miradas, podemos entender que tanto la figura de Dios como la sombra junguiana son espejos de la misma realidad: la mente humana buscando integrarse. Feuerbach nos invita a recuperar lo divino dentro del hombre; Jung, a reconciliarnos con nuestras sombras; y la Bioneuroemoción®, a transformar la proyección en comprensión y el conflicto en coherencia. En última instancia, el “regreso” del hombre a Dios, no significa negar lo trascendente, sino reconocer que lo sagrado habita en nuestra propia conciencia.

Solo al integrar nuestras luces y sombras dejamos de observar fuera lo que en verdad siempre ha estado dentro: la totalidad de lo humano, donde lo divino no es un otro, sino nosotros mismos en plenitud.