1. Adultez
Llega el inicio del diálogo entre conciencia e inconsciente. Los primeros contactos que establecemos con el inconsciente dentro de este proceso pueden surgir de diversas formas:
- puede que el individuo comience a dejar de sentirse satisfecho por aquello que forma parte de su vida;
- puede comenzar a sentirse vacío o aburrido en un estado creciente de desesperación y frustración;
- puede que haya tenido que hacer frente a una pérdida importante o,
- se puede presentar en forma de síntoma físico.
El inconsciente comienza a presentarse en forma de impulsos cuya represión se hace cada vez más difícil.
Surge la necesidad de reajustar el comportamiento del ego en relación a los contenidos inconscientes. El individuo se enfrenta, tal vez por primera vez, a un área enorme de sí mismo que había ignorado la mayor parte de su vida.
Es en este punto cuando se produce el encuentro con la sombra, es decir, exige al ego el enfrentamiento y la conciliación con todas aquellas partes de la personalidad que han sido reprimidas o negadas y le demanda aprender a convivir con ellas.
Esto implica un trabajo de aceptación del ego y un estrés o miedo natural que proviene de plantearse qué ocurrirá en nuestro entorno al recuperar estas partes que fueron apartadas con la finalidad de sobrevivir y ser aceptado en nuestro entorno.
La relación entre la persona y sombra adquiere en esta fase una nueva dimensión.
2. Adultez avanzada
Esta fase está marcada por el encuentro con el ánimus o el ánima.
Supone el encuentro con aquellas cualidades arquetípicas que tienen que ver con los aspectos femeninos/masculinos que dejamos en la sombra en el momento que escogimos identificarnos con uno de los dos géneros, con el fin de desarrollar un carácter y una sexualidad determinados.
Ahora, de nuevo se produce una tensión entre las polari-dades masculino-femenino que acabará por equilibrar nuestro posicionamiento y con una integración de las cualidades apartadas por nuestra mente consciente en relación a uno de los dos polos.
3. Madurez
Se produce el encuentro con la antigua sabiduría o «magna mater».
El afianzamiento de la conexión entre el ánimus y el ánima y la consecuente desidentificación del ego con estas estructuras arquetípicas conduce, con el tiempo, al encuentro con la “antigua sabiduría” que representa el principio espiritual en el hombre y con la“magna mater” que representa el principio material en la mujer, la madre tierra.
Dos polaridades, cielo y tierra, espiritualidad y biología, energía padre y energía madre, que aportan equilibrio y completan nuestro desarrollo.
La madurez es el momento de afirmar el propio poder para crear una nueva vida. Sin embargo, muchas perso-nas no lo hacen, empiezan a resignarse y renuncian al cambio.
Aquellos que hacen buen uso de la transformación comprenden que el mundo exterior es un reflejo del mundo interior y entran en relación con lo que forma el propio ser.
4. Vejez
A partir de aquí, el arquetipo de la totalidad psíquica -el Self- comienza a manifestarse de forma más frecuente.
Esta manifestación finaliza con la última etapa de la individuación consciente: la coincidentia oppositorum o coincidencia de los opuestos.
Un punto en el que consciente e inconsciente se encuentran y se conjugan en un plano más elevado que los trasciende y que es capaz de englobarlos sin violentar sus identidades particulares.
La trascendencia no excluye ningún contenido psíquico, sino que abre el espacio para que los dos formen parte de una nueva realidad en la que el ser se completa y accede a recursos que antes eran desconocidos para él.
Es como cuando, en una película, el héroe se encuentra con el enemigo y surge la batalla final. En ella el héroe se encuentra con aquellos aspectos de su sombra proyectados en otra persona (el enemigo) y comprende que a través de él ha crecido, ha descubierto sus mejores recursos y se ha transformado.