Cada uno de nosotros recibe una herencia genética, epigenética y también psicológica.
Desde que somos concebidos, estamos expuestos al ambiente emocional de nuestro entorno familiar. La familia se convierte en el escenario principal en el que se forma nuestra identidad y se desarrolla nuestro primer proceso de individuación inconsciente.
La creación de nuestra personalidad se produce gracias a las influencias del exterior.
Generalmente, los padres moldean la personalidad de sus hijos mediante procesos sutiles –y a veces no tan sutiles–, que consisten en reforzar o castigar determinadas conductas.
Todo ello permite identificarnos, desde niños, con lo que el entorno clasifica como “bueno” y rechazar lo que etiqueta como “malo”.
Así es como se inicia el proceso de creación de nuestro ego y nuestra sombra particulares. De esa forma, aprendemos a esconder bajo el umbral de nuestra conciencia las características inaceptables para nuestro entorno familiar (que constituyen nuestro «Yo enajenado»), mostrando solo aquellos aspectos “buenos” (que constituyen nuestro «Falso yo») con el fin de parecer buenos y ser aceptados por los que nos importan.
Pero también puede ocurrir que el niño sienta que jamás podrá cumplir las expectativas familiares y se convierta en el chivo expiatorio de las proyecciones de la sombra familiar, convirtiéndose así en la «oveja negra».
La sombra de los padres
La intensa y prolongada experiencia con nuestra familia, y concretamente con nuestros padres (sus luchas para reclamar atención o poder, pactos, secretos o resentimientos), afecta profundamente a las expectativas inconscientes que solemos abrigar con respecto a nosotros mismos y a nuestras posteriores relaciones.
Estas expectativas suelen ser compartidas por toda la familia, lo cual nos permite hablar de una “sombra o inconscien-te familiar”.
Es por ello que algunos de los sentimientos más poderosos de nuestra sombra se manifiestan en la relación que sostenemos con nuestros padres.
Esta tendencia se verá reflejada según hayamos establecido la relación con nuestros progenitores y nos hayamos identificado con alguno de ellos.
La sombra en la relación madre-hija
Este aspecto de la sombra se refleja en la historia mitológica de Perséfone y Deméter. En este mito se ejemplifica el complejo materno femenino caracterizado por la identificación de la hija con la madre.
Cuando Perséfone es raptada por Hades (hombre), Deméter llora desconsolada la pérdida de su hija y la tierra deja de ser fértil. Perséfone se ve obligada a volver cada seis meses con su madre para que la tierra pueda dar frutos de nuevo.
El simbolismo que nos muestra este mito pone de manifiesto que:
- cuando la madre se aleja de sus propios sueños y ambiciones, si siente remordimientos por ese alejamiento o se considera una fracasada, puede desarrollar un interés inconsciente por vivir esa «vida perdida» a través de la vida de su hija.
- La hija, a su vez, puede verse atrapada por esa necesidad de la madre. Entonces, puede llegar a odiarla inconscientemente y desarrollar conductas autodestructivas como comer compulsivamente o no comer, o bien, por el contrario, acceder a los deseos de la madre y sacrificar su propia esencia, convirtiéndose en una hija obediente.
- La hija es hasta tal punto un anexo de la madre que no sabe cómo manejarse cuando se le acerca un hombre.
- Y por mucho que se empeñe en negarlo de forma consciente, será incapaz de separarse de mamá y asumir su propia vida hasta que no salgan a la luz todos los problemas que oscurecen, desde la sombra, su relación con la madre, se encontrará atrapada en un ovillo de conflicto que tiene inmovilizados su energía y sus proyectos como adulta independiente.
La sombra en la relación madre-hijo
Un aspecto interesante referente a la parte oscura de la posesión que puede darse en la relación entre el hijo varón y la madre lo podemos encontrar simbolizado por el Mito de Cibeles y Atis.
La esencia de este mito está en la posesión que Cibeles quiere mantener sobre su hijo: desea que Atis esté ligado a ella, dependiendo en todo e incluso siendo incapaz de tener vida propia, más allá de la de ella. La venganza de Cibeles ante la infidelidad de su hijo —que supone una analogía del intento de crear una identidad masculina independiente— es llevarlo hasta la castración, es decir, el castigo que conlleva querer ser uno mismo más allá del dominio materno.
Atrapados en esta tela de araña inconsciente, los seres humanos no alcanzamos a vivir plenamente nuestra propia vida, olvidando así nuestro poder de construir nuestro propio destino, ser fieles a nosotros mismos y desafiar el mandato materno debido al miedo a estar solos.
Aunque la madre y el hijo están influenciados por la misma fuerza inconsciente, el niño, a causa de su vulnerabilidad, es castrado y privado de la posibilidad de crecer y diferenciarse de la madre.
De manera que, por lealtad, siente que no se le puede dar la espalda a la madre, pues sería vivido como alta traición. En la misma línea, no cumplir con las demandas y mandatos inconscientes maternos comporta romper un pacto que nos deja fuera del círculo de amor materno y nos expone y condena al fracaso.
El hombre que se encuentre sometido a la influencia del lado oscuro de este aspecto de la «madre devoradora» puede estar caracterizado por una incapacidad para comprometerse con aspectos sociales convencionales, como un trabajo o una relación amorosa.
Este tipo de persona puede permanecer en un estado de ingenuidad infantil incapaz de aceptar los límites de la vida humana, o caer bajo el control de las drogas y el alcohol tratando de vivir en un continuo estado alterado de conciencia. Es el joven eterno que no quiere o que no puede crecer.
Así mismo, en la misma línea de este modelo, dentro de la teoría psicoanalítica Freud propone el complejo de Edipo.
Este mito cuenta que Edipo rey mítico de Tebas, hijo de Layo y Yocasta que, sin saberlo, mató a su propio padre y desposó a su madre.
El complejo de Edipo representa la relación que se produce con la madre en los primeros años de vida, en los cuales podemos sentirnos celosos de cualquier persona que pueda “quitarnos” parte de su atención. En muchas ocasiones se genera una relación de rivalidad entre el niño/a y el padre.
Cuando el complejo es acentuado, la madre protege al niño/a y lo sitúa en un lugar predominante de la relación, incluso por encima del padre en el sistema familiar.Existen dos tipos de complejo de Edipo; el complejo positivo sería el clásico en el que el varón se siente atraído por su madre y repelido por su padre y el complejo negativo en el que sucede lo contrario.
Este complejo que lo tienen todos los niños hasta los 7 años puede persistir y, esta mala resolución, conlleva algunas consecuencias:
•No relaciona sexo y amor: La ternura le es ajena al sexo.
• Promiscuidad: A menudo, las personas que no han resuelto su complejo son incapaces de mantener una relación por temor a la intimidad.
• Idealización: El amor se idealiza llegando a enamorarse platónicamente para no afrontar una verdadera relación de pareja.
La individuación se basa en la ruptura con esa lealtad. Dejar de identificar mi existencia con la de mi madre, salir del mundo materno; aunque eso pueda despertar un fuerte do-lor por el sentimiento de traición y abandono hacia la que nos dio la vida, es imprescin-dible pasar por ahí. Ese paso es parte fundamental de nuestro proceso de individuación, para descubrirnos, saber quiénes somos y crear nuestras propias creencias y valores.Es precisamente por el amor hacia la madre que debemos recorrer este camino. Vencer esta fuerza arquetípica que nos conecta a mamá es honrar la vida. Es amarte a ti, a tu hijo y a tu madre por encima de todo. Porque, ¿qué mejor manera de agradecer el regalo de la vida a quien te la dio que aceptándola plenamente y disfrutándola en todos sus as-pectos? No hay mayor felicidad para una madre que ver la felicidad de su hijo. ¿Cómo va-mos a disfrutar de nuestra vida si por amor a nuestra madre no nos permitimos vivirla?