La sombra y el enemigo
¿Alguna vez te has preguntado por qué creamos enemigos? ¿Qué se esconde detrás de atribuir a alguien o algo todo aquello que detestamos?Todos hemos encontrado en la vida alguna situación, persona o acontecimiento que ponía en peligro nuestra supervivencia, a nivel social, emocional o incluso biológico.
Un político, un familiar, una pareja, una persona desconocida o incluso un personaje de ficción. Todos ellos son susceptibles de ser percibidos como enemigos.El proceso de transformación de un conflicto interno en un conflicto con otra persona se produce a través del mecanismo de proyección. Por ello, la creación de este «enemigo» es fundamental en nuestro proceso de desarrollo.
Un enemigo encarna todo aquello que, si somos capaces de integrar, podremos utilizar para transformarnos y evolucionarLa fuerza del enemigo determinará la grandeza de su adversario, cuanto más poderoso sea nuestro enemigo, mayores serán los recursos que necesitaremos para integrarlo. Nó-tese el uso de la palabra «integrar» en lugar de «derrotar», puesto que cuando se derrota al enemigo una parte de nosotros muere con él. No se trata de acabar con aquello que detestamos sino de ser capaces de conectar con ello y ver de qué forma puede hacer-nos un ser más completo.Como dice el poeta Rainer Maria Rilke (1929): “Quizás los dragones que amenazan nuestra vida no sean sino princesas anhelantes que solo aguardan un indicio de nuestra apostura y valentía. Quizás en lo más hondo lo que más terrible nos parece sólo ansía nuestro amor.”
Entender o integrar a un enemigo no significa tolerarlo ni consentirlo. Tan solo significa que, atendiendo a mis propias necesidades y desde el respeto más absoluto hacia uno mismo, podré confrontarlo desde un estado de centro, de equilibrio. Como siempre, no hablamos de evitar, juzgar o resignarse ante lo que nos sucede, sino de ser capaces de cambiar nuestra percepción para poder gestionarlo de una forma constructiva y funcional.
No podemos olvidar que las herramientas que desarrollamos cuando somos capaces de integrar un enemigo son las mismas que, en otros momentos de nuestra vida, serán las que nos permitirán gestionar las diferentes situaciones de dificultad que irán apareciendo en nuestro camino.
Un enemigo es esa polaridad que nos ponemos en frente para facilitar y optimizar nuestro movimiento hacia la capacidad real de autogestión. Todo esto para conseguir lo que, en última instancia, llamaremos libertad emocional.Si realmente deseamos paz, debemos empezar a desmitificar al enemigo, dejar de politizar los fenómenos psicológicos y recuperar nuestra sombra.
Dedicarnos a estudiar minuciosamente las mil y una formas en que negamos, enajenamos y proyectamos en los demás nuestro egoísmo, nuestra crueldad y nuestros celos. Y, finalmente, compren-der en profundidad cómo hemos creado inconscientemente un psiquismo beligerante y cómo hemos perpetuado las innumerables variedades de la violencia. 5.8. Sombra y cuerpo: salud y enfermedad “No nos agrada contemplar nuestro lado oscuro. Por ello hay tantas personas de nuestra civilizada sociedad que han perdido su sombra, que han perdido la tercera dimensión y que, con ello, han extraviado también su cuerpo. El cuerpo es un compañero sospechoso porque produce cosas que nos desagradan y constituye la personificación de la sombra del ego. El cuerpo, de algún modo, es una especie de esqueleto en el armario del que todo el mundo desea desembarazarse.”
En el contexto de nuestra cultura occidental, el cuerpo se ha visto relegado a la sombra. Varios sectores han intervenido en esta clasificación. Por un lado, el mundo religioso solo concedía importancia al reino del espíritu, desterrando así a la sombra los impulsos animales, las pasiones sexuales y la naturaleza no perenne del cuerpo, azotada por enfermedades psicosomáticas y epidemias modernas como las adicciones o los trastornos alimenticios
Por otro, la era científica terminó estableciendo que el cuerpo no es más que el contenedor de una serie de procesos bioquímicos; una maquinaria sin alma. La tecnología robótica y la inteligencia artificial siguen insistiendo en el hecho de que las prótesis electrónicas pueden convertir al cuerpo en algo innecesario, cada vez más parecido a un chip.
Esta corriente, denominada «transhumanismo», persigue la evolución a través de la tecnología, obviando el desarrollo personal o espiritual y convirtiendo a las personas en puros humanoides.En nuestra tendencia a infravalorar la sombra, también tendemos a considerar inútiles nuestros problemas físicos y emocionales. Se trate de un dolor de rodilla, de un simple malestar digestivo, de una depresión o de un cáncer, nos molesta lo que no anda bien.
Para el paradigma convencional, la enfermedad no sirve para nada y, por consiguiente, se considera como un obstáculo al que únicamente hay que tratar de eliminar como principal objetivo.De nuevo, vemos como algo que podría ser un avance en todos los sentidos, ha sido llevado al extremo hasta convertirlo en un inconveniente a muchos niveles.
La actitud de tomar la medicina alopática moderna como único referente de salud nos hace percibirnos como sujetos separados de su cuerpo —alopatía viene de «allopátheia», que significa «sujeto a influjos externos»—.
Los avances y descubrimientos en el ámbito de la medicina deberían complementar la visión holística del cuerpo humano.En esta dirección, otros posibles caminos se abren ante nosotros. Los defensores de las terapias corporales, por ejemplo, lejos de infravalorar al cuerpo consideran que es el vehículo perfecto para llevar a cabo la transformación; el templo sagrado en el que se desarrolla el trabajo espiritual. Sería equilibrando estos dos enfoques donde podríamos conseguir la forma más efectiva y completa de sanación.
Podemos disfrutar de los avances que nos ofrece nuestra sociedad actual, agradecer y usar toda clase de medicinas, calmantes u operaciones, si las necesitamos, pero eso no tiene por qué hacernos olvidar que el cuerpo es más que una serie de piezas. Es un sistema de comunicación que expresa aquello que no somos capaces de ver por nosotros mismos, expresa y representa una parte de nuestra sombra.
Aunque creamos que esta sombra es invisible, que se esconde en los rincones ocultos de nuestra mente, lo cierto es que está presente en cada parte de nuestro cuerpo, en cada uno de nuestros tejidos, en nuestra estructura ósea y en nuestra propia sangre. La enfermedad, al igual que los sueños, es un medio que utiliza nuestro inconsciente para hablarnos. Nuestro cuerpo habla lo que nuestra mente calla, por lo que el cuerpo deviene también una importante herramienta de trabajo con la sombra.