La experiencia espiritual, nos mueve a AMPLIAR NUESTRO ESTADO DE CONCIENCIA.
Que en la mayoría de ocasiones la experiencia espiritual esté relacionada con imágenes o símbolos religiosos no significa que tenga más o menos valor, ya que las jerarquías son producto de la mente humana y de un inconsciente colectivo que decide cómo se ha de vivir esta espiritualidad.
Durante miles de años, el ser humano ha buscado en mitos, símbolos y religiones las respuestas anímicas que necesitaba. La religión ha estado totalmente vinculada a este campo espiritual. Sin embargo, desde hace años en occidente la religión ha visto reducida su influencia y ese componente espiritual se ha perdido en gran parte de la población. Mientras que en algunos países — como la India y otros lugares de oriente— el desarrollo espiritual se encuentra incluido en la tradición, la educación y la cultura, en occidente no se tiene en cuenta este proceso de búsqueda interior como parte de la maduración del individuo. Es por esto por lo que no existen instituciones ni estamentos sociales que la promulguen, la apoyen o simplemente la acepten como una parte esencial del desarrollo humano.
El mundo occidental funciona bajo las leyes imperantes del paradigma newtoniano y define mediante su método lo que es «real», dependiendo si puede ser medido o no. La espiritualidad, que es un elemento no-tangible, no está considerada bajo este prisma como algo para tener en cuenta, ya que según la ciencia establecida es algo que no existe. Como consecuencia, son muchas las personas que adoptan vías espirituales que provienen de otras partes del mundo debido al carácter pragmático y desconfiado del hombre occidental hacia todo aquello que no se pueda demostrar. Por este motivo, las experiencias místicas o de «conexión espiritual» han pasado a otros ámbitos, como el yoga o la meditación. Muchas personas en occidente han decidido adoptar otras religiones que para muchos son consideradas menos «tradicionales» como, por ejemplo, la budista. Es importante comprender que de todas las culturas y religiones se pueden extraer lecturas interesantes, incluso de aquellas que puedan parecer opuestas a nuestra forma de entender el mundo. Por esta razón, defender una religión por encima de la otra no tiene ningún sentido; del mismo modo, oponer las teorías de la física a la espiritualidad tampoco beneficia a nadie. No es imprescindible encontrar una explicación racional a un fenómeno experimentado para que tenga sentido en nuestra vida. La conexión y el amor que podemos sentir por un amigo, un familiar o incluso un trabajo no es mesurable en cifras, pero no por ello deja de ser vital para nosotros.
Este conocimiento espiritual, natural e intuitivo, fue lo único que existió durante siglos. Hoy en día, gracias al desarrollo de la ciencia, se han podido comprobar muchas de las teorías espirituales que hasta entonces permanecían latentes en forma de hipótesis. Sin embargo, esta situación tan beneficiosa ha traído consigo una involución. Hemos pasado de adorar a dioses omnipresentes y todopoderosos a otorgar todo el poder a un nuevo ente llamado «ciencia»: si no es verificable, no existe. Debemos recordar que aquello que pretendemos medir está más allá de la forma y por ello no puede ser identificado a través de la forma. Se trata de reducir un acto divino a una mera combinación de reacciones químicas, sin la intención de ir más allá, sin explicar el orden implícito que subyace a todas y cada una de las formas de vida. Deseamos encajar lo infinito en nuestra limitada capacidad de raciocinio. Así pues si bien la ciencia es capaz de explicar muchos de los mecanismos subyacentes en la naturaleza humana, aún está muy lejos ni siquiera de aproximarse a percibir su verdadera esencia. El tiempo y el espacio enmarcan y limitan nuestra experiencia subjetiva. Nuestros sentidos están presos en estas dos dimensiones y nuestras mentes están encerradas en un marco de categorías de pensamiento. Pero el factor definitivo con el que tratamos de contactar no está encerrado bajo estos parámetros; nosotros lo encerramos cuando tratamos de pensarlo. Podemos saber que nuestros órganos se componen de tejidos, éstos se componen de células, que a su vez están compuestos de átomos y así sucesivamente. No obstante, por más que describamos sistemas, niveles y mecanismos, lo realmente misterioso y que se escapa a nuestra comprensión es el orden implícito que ordena toda esta materia, lo que la dota de un sentido y de una estructura estable que permite la vida. Bajo las premisas de la ciencia de Newton, el mundo es un lugar completamente mecánico, cuyos principios fundamentales podrían explicarse mediante causa-efecto. Evidentemente, siempre podemos tener explicaciones en bucle sobre argumentos mecanicistas que expliquen el comportamiento de la materia, pero la realidad básica, la más fundamental, sigue siendo un misterio para todos nosotros. Nuestra concepción científica de la naturaleza se basa en investigaciones centradas en relaciones de causa-efecto, pero éstas ni tan siquiera se aproximan a explicar la tendencia antrópica al orden y al equilibrio, la tendencia por la cual existe la materia y se origina la vida.
El físico y matemático inglés Freeman Dyson (1994) afirma que “es cierto que aparecimos en este Universo por azar, pero la idea de azar es solo el disfraz de nuestra ignorancia” (p. 73-74). Ciertamente la vida tiene un sentido, pero quizás descubrirlo no sea una función únicamente de la ciencia. Toda prueba contra el azar es un tanto a favor del argumento teleológico: el objetivo y la finalidad de la naturaleza era conocida y planeada de antemano. El físico matemático Paul Davies (1994) afirmó que la probabilidad matemática de que el azar diera lugar a una molécula simple de ARN auto replicante es de 1 frente a 10 elevado a 2 mil millones, que es tanto como decir que es imposible. Bertrand Rusell (1994) también dijo que “las matemáticas pueden ser definidas como una materia en la cual nunca sabemos de qué estamos hablando ni si es verdad lo que decimos”. La ciencia no provee de argumentos para excluir la inteligencia universal en la manifestación de lo que vivimos y experimentamos. Es totalmente ilógico tratar de sustituir a esta inteligencia por la nada.
Desde el comienzo de la cognición tal y como la entendemos, el ser humano busca darle sentido a su existencia, encontrar respuestas a aquellas cuestiones que no comprende. Trata de darle forma a lo indefinido, de ampliar su conciencia. Éste es un proceso innato que surge de nuestro interior y que nos impulsa a evolucionar durante toda nuestra vida. Es el deseo irrefrenable de conocer, en última instancia, quiénes somos a un nivel profundo de nuestra existencia.
El problema es que el estado de Buddha o Iluminación, no puede ser comunicado, sino sólo el camino hacia la iluminación. Esta doctrina de la incomunicabilidad de la verdad, que está por encima de los nombres y de las formas, es básica a las grandes tradiciones orientales y platónicas.
En cuanto las verdades de la ciencia son comunicables, por medio de hipótesis demostrables racionalmente fundadas en hechos observables; el ritual, la mitología y la metafísica no son sino guías para llegar a la iluminación trascendental, cuyo paso final debe darla cada uno en su propia experiencia. De aquí que uno de los términos sánscritos para sabio sea muni (el silencioso). Sskyamuni (uno de los títulos de Gautama Buddha) significa “el silencioso o sabio (muni) del clan de los Sakya”. Actualmente, el último punto de su doctrina permanece escondido y, necesariamente, en silencio. (Campbell, J., 1959).
En la tradición cristiana se ha dicho que “el silencio es el origen de todo lo que existe”. El budismo Mahayana explica que no existimos separados de lo que vemos, que todo está entrelazado, todo está vacío y que “todos los fenómenos son ellos mismos el Absoluto.” (Sahn, S. 1997. p. 113). Según el maestro budista Zen Seung Sahn (1997): “El silencio y la quietud es nuestra naturaleza original.” (p. 338)
Desde una conciencia dual, nuestra atención está centrada en los pensamientos, ya que nuestro yo egóico se identifica con ellos. Desde la dualidad todo tiene un principio y un final y un orden secuencial de causa y efecto, por lo que creemos poder conseguir un estado determinado mediante un método secuencial de procedimientos. Solemos hacernos preguntas del tipo: ¿Cómo? ¿Por qué? ¿De qué manera? ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué me falta? ¿Y ahora qué hago? Mientras que, en la conciencia de unidad, el constante alboroto de la mente permanece en un segundo plano, ya que ésta no se los atribuye ni se identifica con ellos. La conciencia de unidad está conectada con el silencio del que surge el sonido, donde se encuentra según Buda el verdadero Yo. Desde la conciencia de unidad no hay secuencia posible de acontecimientos, ya que vive fuera del espacio-tiempo y se funde en un eterno ahora.
Como dice el físico David R. Hawkins (2006): “El camino directo hacia una conciencia superior evita la forma, la dualidad y la percepción.” (p. 145). La revelación aparece cuando se desvanece el concepto de causa y es sustituido por lo que Carl G. Jung solía llamar «sincronicidad». Una vez hecho esto, podemos reconocer nuestra experiencia como la proyección de nuestro estado de conciencia. La resolución de nuestros conflictos, desde este enfoque espiritual, radicaría en el des-aprendizaje de aquellas creencias que impiden nuestra comprensión sobre la sincronicidad del universo. De aquí que el trabajo espiritual sea a menudo un proceso de incertidumbre, en la medida que se adentra en aquello que nos es desconocido, puesto que está fuera de la zona de confort que crean nuestras propias creencias. El problema es que el ego intenta asimilar la información a través del intelecto, cuando el lenguaje en sí es una representación de algo que no puede ser comunicado con palabras. Este tipo de pensamiento dual está asentado en el ego y en su persistencia por creer en un mundo de separación. La resistencia del ego a dejar de hacerse preguntas duales, lineales y causales estriba en su incapacidad para conocerse a sí mismo como parte del todo. Cuando se alcanza la disolución final del ego, nuestro aferramiento a una identidad egóica se difumina en el momento presente. En el presente se encuentran todas las preguntas y todas las respuestas. En esta experiencia de unidad, el aprendizaje parece no llevarse a cabo mediante el procesamiento lógico y metódico del conocimiento, sino como consecuencia de la resonancia con la nueva información. De aquí que influyamos más en los demás por lo que somos, por nuestro ejemplo, que por lo que decimos o hacemos.
Durante años, se ha descrito a Dios con una personalidad cruel, represiva, vengativa, colérica, castigadora y culpabilizadora, como resultado de la proyección inconsciente de estos mismos aspectos en el hombre. Esta distorsión del concepto de Dios surge a consecuencia de la proyección del lado oscuro del ego, es decir, la «sombra». El ego, en su afán por desvincularse de la responsabilidad sobre lo que considera negativo en su vida, crea a un Dios separado de sí mismo, al que culpa de todos sus males. Esto es lo que crea la imagen de un Dios malvado, que no es sino la expresión de la misma maldad inconsciente de la humanidad. Como decía Jesús, “el mal se halla en el ojo del que lo contempla”. Así se han creado gran parte de los grandes mitos de las distintas religiones. Antiguamente, se consideraba que cualquier “desastre” natural (terremotos, hambrunas, inundaciones, sequías, epidemias, inundaciones…) era responsabilidad de un Dios que nos estaba castigando por nuestro pecado y que sólo él nos podía dar la absolución. Para satisfacerle, y así librarnos de su castigo, se crearon una multitud de símbolos (animales, objetos, amuletos, lugares sagrados…) y procedimientos (sacrificio, inanición, flagelación, mutilación, castidad…), a los que prestar devoción; mientras su verdadera imagen nos sigue siendo incognoscible. La segunda venida de Cristo en la tradición cristiana, simbólicamente, significa esta desmitificación de la religión y de la espiritualidad. El mito del becerro de oro hace alusión a este mismo hecho; incluso Buda solía decir: «No pongas cabeza alguna por encima de la tuya. Sigue simplemente las verdaderas enseñanzas.», dando a entender que ninguna figura aparentemente externa puede ser el verdadero Yo, o hacer referencia directa a la Divinidad (Hawkins, D.R., 2006, p. 167).
“A este ser verdadero, las diversas tradiciones místicas y metafísicas que se han sucedido en la historia de la humanidad le han dado docenas de nombres diferentes. Se le ha llamado el Hijo de Dios, Al insan Al-kamil, Adam-kadmon, Ruarch Adonai, Nous, Pneuma,
Purusha, Tathagatagarbha, el Hombre Universal, el Huésped, el Brahman-Atman, entre otros nombres. Y visto desde un ángulo ligeramente diferente, en realidad es sinónimo de Dharmadhatu, el Vacío, el Ser Tal y la Divinidad. Todas estas palabras no son más que símbolos del mundo real de lo que no tiene fronteras.” (Wilber, K., 2006, p. 72).
El ego no es capaz de concebir a Dios como una entidad universal, ya que percibe el mundo a través de conceptos y formas, que son representaciones duales de la realidad basadas en la separación. El ego siempre busca explicaciones y proyecta la causa de lo que le sucede en el exterior. Esto causa la creación de toda clase de doctrinas y falsos ídolos, que ha llevado a entender las religiones o la espiritualidad como un sistema moral que ha dictaminado lo que está bien y lo que está mal, generando un mundo de opuestos y una serie de instituciones para corregirlos (escuelas, cárceles, jueces, ejércitos, policía…).