Uno de los principios básicos tanto de la Psicología como de la Física Cuántica es el «principio de complementariedad», también conocido como polaridad. Según Stephen Gilligan, cada polaridad o cada lado de la complementariedad puede usarse de forma positiva o negativa, así como experimentarse en una variedad infinita de formas posibles. Nuestros valores fijos y nuestros prejuicios suelen provocar que nos polaricemos fijamente en un lado concreto de la complementariedad.
Todo en la naturaleza se expresa en forma polar: los átomos se mantienen estables debido a que hay electrones y protones, las moléculas buscan conectarse según su carga; lo cóncavo no podría existir sin lo convexo, tampoco el frío sin el calor o el día sin la noche. Todo se expresa desde la dualidad, incluso aspectos de la personalidad como la generosidad y el egoísmo, la simpatía y la antipatía o la timidez y la extroversión. Sin embargo, como vemos, más que opuestos son complementarios, es decir, uno no sería sin el otro. Vivir es transitar estas polaridades. El problema reside en que es muy común que hagamos juicios sobre ellas, que nos identifiquemos más con una u otra, que pensemos que una es lo correcto y la otra es un error. En esos casos, nos posicionamos y perdemos de vista una gran parte de la naturaleza que conforma nuestra realidad. Por ejemplo, alguien que opina que la generosidad es adecuada y correcta y que el egoísmo es negativo y perjudicial, si no es capaz de equilibrar estas polaridades es posible que, por ejemplo, acabe viviendo una vida en la cual prioriza cumplir con las necesidades de todos los demás antes que las suyas propias. En el momento en el que entienda la función de cada uno de esos posicionamientos —los beneficios que conllevan uno y otro— podrá usarlo cuando el contexto lo requiera, no de una forma ciega y dogmática, sino desde la flexibilidad y la adaptación. El universo siempre tiende al equilibrio y es precisamente esta continua tendencia la que genera el movimiento, la energía que provocan entre sí la resistencia de los complementarios. Sin ellos, no existiría nuestra vida tal y como la experimentamos.
Cuando vivimos una situación cualquiera en una realidad de primer orden, no es más que una experiencia. El problema reside en nuestra percepción, que hace que en un momento dado nos posicionemos. Cuando el posicionamiento es excesivo, ampliamos la distancia entre los dos polos y creamos un desequilibrio. Nuestro cerebro cognitivo registrará ese instante y nuestro cuerpo, como sistema de comunicación, anclará esa experiencia en nuestra biología a través de la emoción y el posterior bloqueo neuromuscular. Esta experiencia vivida desde el posicionamiento excesivo queda grabada en nuestro inconsciente y seguirá reforzándose cada vez que percibimos otras situaciones con los mismos filtros mentales. Cuando volvemos a experimentar una situación parecida tenemos una oportunidad para poder cambiar la forma de percibirla. Mantenerse en una de las dos polaridades responde a un exceso y es importante observar si nos conviene seguir posicionándonos o encontrar una alternativa que equilibre los opuestos.
La información sobre los dramas sucedidos en la familia suele estar relacionada con el posicionamiento excesivo de uno de sus miembros y de cómo dicho posicionamiento, a su vez, supuso un estrés para el sistema familiar. La información almacenada en nuestro inconsciente se transmite a la descendencia y, debido a ello, los miembros de la siguiente generación pueden experimentar el mismo tipo de situaciones desde cualquiera de las dos polaridades. La adaptación de las generaciones siguientes pasa por buscar el equilibrio del sistema y compensar dichos excesos, bien desde el mismo posicionamiento o bien desde el posicionamiento opuesto o complementario. Lo que es importante destacar es que el clan, como sistema, siempre tenderá a equilibrarse, al igual que cualquier elemento de la naturaleza.
El equilibrio del sistema en su conjunto viene determinado por el equilibrio de cada uno de sus miembros; por eso, cuando un miembro está permanentemente en una polaridad, otro miembro tenderá a expresar el extremo complementario. Si, en cambio, dicho miembro se permite transitar y moverse entre las dos polaridades, el otro también tenderá a movilizarse, pasando de un sistema rígido a uno flexible y más adaptativo, favoreciendo así la trascendencia de los opuestos. El factor que nos fija en un posicionamiento u otro son las creencias y los juicios.
Para ilustrar mejor este fenómeno del inconsciente, podemos ejemplificarlo aplicándolo a un caso de violencia doméstica, en la que el hombre maltrata física y/o psicológicamente a la mujer y ésta lo consiente mientras se percibe como víctima de la situación. Están representando las dos polaridades de la desvalorización. La mujer tenderá a justificar su posición argumentando que su pareja es culpable y ella inocente; que ella tiene razón y él no; que él es responsable y ella no. Estará evitando toda responsabilidad, lo cual, a nivel biológico, la colocará en una posición de indefensión. Tras toda una vida coexistiendo bajo dicho estrés, esta información acabará trasmitiéndose a las generaciones venideras, pudiendo una de estas generaciones mostrar el mismo comportamiento o el complementario:
• La complementariedad podría ser una persona hiper-reactiva a cualquier estímulo que pueda interpretarse como un ataque, sintiendo con urgencia en todo momento que debe defenderse y actuar, sobre todo si es una situación en la que hay implicado algún hombre. Su programación inconsciente la llevará a exponerse de forma continua a situaciones de esa naturaleza para poder equilibrar de nuevo las polaridades y trascender los opuestos. Se trata de integrar el aprendizaje que anteriormente no se llevó a cabo en el sistema familiar. En este caso, mientras lo siga percibiendo de una forma polarizada, seguirá viviendo el conflicto, ya sea como agresora o agredida.
• La repetición se daría si la persona experimentase de nuevo situaciones de maltrato y violencia. Aunque pueda parecer que la repetición refuerza la polaridad y el desequilibrio inicial, en realidad también busca un equilibrio. En este caso, la trascendencia pasa por empezar a respetarse ante una situación de maltrato de las mismas características. Este respeto no puede aprenderse y aplicarse en situaciones en las que no hay un ambiente hostil. Por eso, la persona tiene que pasar por la misma experiencia y aprender a vascular de un extremo a otro, es decir, desde la indefensión al respeto. La posibilidad de trascender siempre surge desde una polaridad u otra. Para poder desarrollar una conducta determinada necesitamos un ambiente emocional donde poder hacerlo. Por ello, el primer paso para trascender un conflicto será experimentarlo. La emoción vivida en ese conflicto será la que nos forzará a movernos y evolucionar. Una emoción atendida será nuestra mejor aliada para crecer —recordemos que «emoción» viene de «emovere», que significa «moverse desde»—. La emoción será el elemento necesario e imprescindible dentro del ambiente estresante para que se pueda realizar un cambio y podamos trascender ese conflicto.
Cuando uno de los miembros de la familia trasciende sus roles y se permite experimentar otras posibilidades, el sistema se desestabiliza para encontrar otro punto de equilibrio distinto; este hecho es el que facilita el cambio en los otros miembros de la familia. Al modificar nuestro papel, se desencadena un movimiento en todo el sistema que obliga a todos a reequilibrarse de algún modo. Esta es justamente una de las razones por las que suele ser tan complicado cambiar dentro del ámbito familiar.
“Si se cura a un individuo sin tocar al conjunto de la familia, si no
se ha comprendido las repeticiones transgeneracionales, no se ha
hecho gran cosa en terapia. Eso frecuentemente sólo es una mejora
pasajera. Este modo de ver vuelve a plantear todas las
psicoterapias existentes, clásicas y nuevas, incluidas las más
famosas, las más serias, las más respetadas, incluida la
psicoanálisis individual si quiere” (Tosquelles, F. y Edk, G.E. 2013,
pp. 7-14).