La esencia universal: La Consciencia

Nuestra conexión intrínseca con el entorno y la intuición de que estamos, de alguna forma, conectados con todo el universo, es una idea compartida de forma unánime por muchas religiones y culturas que conocemos hoy en día: cristianismo, hinduismo, budismo, taoísmo, judaísmo, egipcios, vedas, alquimistas, chinos, japoneses, griegos, romanos,… Todas estas tradiciones apuntan a la idea de que existe una inteligencia superior que conecta todas las cosas, gracias a la cual podemos influir en nuestra realidad. Tanto la ciencia como el misticismo explican que, en un nivel básico de nuestra existencia, no vivimos separados de nada de lo que nos rodea. “La mente individual es inmanente, pero no sólo en el cuerpo. También es inmanente en rutas y mensajes fuera del cuerpo; y hay una Mente Mayor, de la que la mente individual sólo es un
subsistema. Esta mente Mayor es comparable a Dios, y es, posiblemente, a lo que algunas personas se refieren con la palabra “Dios”, pero sigue siendo inmanente en la totalidad del sistema social interconectado y de la ecología planetaria.” (Bateson, G., 1976, p. 314)

En el texto Hsin-Hsin Ming (Poema de la fe en el espíritu), del siglo VI, se utiliza la palabra «Tao» para designar las propiedades de la esencia que subyace todo lo que existe en el universo. El Tao es todo lo que existe, es el “contenedor de toda experiencia, así como la experiencia en sí.” Es algo perfecto, “como un inmenso espacio en el que nada falta y nada sobra” (Braden, G. 2006, p. 15). Como dice el Lao-tsé, “el gran Tao se extiende por todas partes, a la izquierda y a la derecha, ama y nutre a todas las cosas.” (Watts, A. 1997, pp. 25-26)
Esta misma visión es compartida por los Vedas. En un conjunto de textos sagrados de la India, datados del siglo V a.C., se menciona la existencia de un campo unificado de «pura conciencia» que sustenta la existencia misma, y que estaba presente antes del comienzo de la vida. En una de sus escrituras más antiguas, el Rig Veda, este campo es llamado «Brahma», que significa: “no nacido… en el que residen todas las cosas. […] el uno se manifiesta como muchos, lo informe tomando distintas formas» (Braden, G. 2006, p. 60). Según relata la Canción de la Naturaleza Dharma del budismo mahayana: “El Uno está en todo, y todo está dentro del Uno. El Uno es todo, todos son el Uno” (Sahn, S. 1997, p. 160).
Pitágoras y Aristóteles, en la antigua Grecia, hacían también referencia a un campo universal de energía que conecta todas las cosas, que denominaban «éter» o quinto elemento; del que emergen los otros cuatro: agua, fuego, aire y tierra. Para los griegos, el éter es el “aire que respiraban los dioses”. Este mismo proceso de creación es mencionado también en los evangelios gnósticos, datados en el siglo IV: “A partir del poder del Silencio surgió un gran poder, la Mente del Universo que controla todas las cosas…” (Braden, G. 2006, pp. 37- 76).
El escritor y filósofo Alan Watts, en referencia a la cita bíblica “el hombre fue hecho del barro de la tierra”, dice que, igual que una montaña no está hecha de roca, sino que es roca, un árbol no está hecho de madera, sino que es madera. Nosotros como seres humanos no estamos separados del mundo, sino que somos el mundo. Como solía decir Jesús: “no se cosechan higos de los cardos o uvas de los espinos” (Watts, A. 1997, pp. 14-22). “Si piensas en nosotros como provenientes de la tierra verás que somos la tierra, somos la conciencia de la tierra. Estos ojos son los ojos de la tierra. Y esta es la voz de la tierra. El planeta entero es un organismo.” (Campbell, J., 2017, p. 57) Más recientemente, el jefe indio americano Seattle, en 1854, informó a los legisladores de Washington D.C. que las consecuencias que conllevaba la destrucción de la naturaleza de Estados Unidos se prolongarían en el tiempo poniendo en peligro la propia supervivencia de la especie en las generaciones venideras. Utilizando las siguientes palabras: “El hombre no tejió la red de la vida –el hombre no es más que una hebra de esta red—. Todo lo que el hombre le hace a la red se lo está haciendo a sí mismo.” (Braden, G., 2006, p. 81).
Desde un enfoque espiritual, son muchas las ideologías que creen en la existencia de un vínculo directo entre la conciencia y la materia. Por ejemplo, el budismo, una doctrina que tiene sus raíces en el siglo VI a.C., postula que la realidad que percibimos guarda relación con nuestro estado interno, y que lo que nos molesta de los otros es solo una proyección de lo que no hemos resuelto en nosotros mismos. Buda solía decir que nos convertimos en lo que pensamos, y que todo nuestro mundo surge de nuestros pensamientos. Según las escrituras del budismo mahayana, el mundo que consideramos como real existe únicamente porque nuestra mente crea un centro desde donde poder observarlo, y que este mundo surge de un tipo de conciencia llamada «imaginación subjetiva». En el Hua-yen (Avatamsaka) Sutra del budismo mahayana se explica que “si quieres comprender completamente todos los buddhas del pasado, presente y futuro, entonces deberías percibir la naturaleza del universo entero como creación únicamente de la mente” (Sahn, S., 1997, p. 150).
En el cristianismo se ha empleado históricamente la expresión «pide y te será dado» para hacer referencia precisamente a este hecho. Podemos observar cómo, en este texto escrito en el Evangelio apócrifo de Tomás también se habla en este mismo sentido:

“Cuando hagáis de los dos uno, y hagáis el interior como el exterior, y el exterior como el interior, y lo de arriba como lo de abajo, y cuando establezcáis el varón con la hembra como una sola unidad de tal modo que el hombre no sea masculino ni la mujer femenina, cuando establezcáis un ojo en el lugar de un ojo y una mano en el lugar de una mano y un pie en el lugar de un pie y una imagen en el lugar de una
imagen, entonces entraréis en el Reino. Entonces entraréis en el reino
de los cielos.”